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Carta a Hans Christian Andersen en su 208 cumpleaños, de Enrique Pérez Díaz, en CUBARTE


Fuente: Cubarte

Por Enrique Pérez Díaz

“Algún día, Odense será iluminado por él” dijo en una ocasión una adivina a tu madre, cuando a los pocos días de nacido, un dos de abril de 1805, inquieta por tu impredecible futuro y, viendo tus miembros largos, desgarbada figura y una nariz que se adelantaba a tu cuerpo, infirió que ibas a ser un niño sin suerte… poco tenía para darte la pobre lavandera, acosada de sufrimientos y deudas, salvo una infancia de pobreza y el estigma de haber nacido en una cama que antes fuera un ataúd.

Quizás la peculiar mujer que se dedicaba a intuir el futuro, solo intentó consolar a quien ya no podía más con la vida y desde la pobreza te fue educando en el fragor de la existencia y en probar una voluntad por defender un ideal a toda costa y salir de aquel mundo donde viste la luz.

Como el patito feo de tu cuento, tenías alas de cisne y estabas destinado a volar alto y lejos. Pero tan alto y tan lejos te proponías volar, que leyendo tus obras y conociendo los detalles, que año tras año los biógrafos escarban de tu azarosa vida, se puede presumir que como él, sufriste vejaciones, maltrato, incomprensión y anti tolerancia, sobre todo —¡Oh, paradoja!— de quienes más querías e idealizabas.

Eras diferente, Hans Christian y la diferencia tiene un precio. Eres diferente a cuantos han escrito para niños y, sin embargo, en lo que menos imaginaste, lograbas de un plumazo atrapar el alma de la gente, de generaciones enteras de admiradores que en la tristeza y tiniebla de tus cuentos se fueron descubriendo a sí mismos y percatándose de que había en el mundo alguien que reparaba en las cosas tristes, en aquellos detalles que hacen el vivir cotidiano y nada tienen que ver, desafortunadamente, con el soñar…

Probaste fortuna en el teatro, quisiste ser actor, bailarín, pero en la adolescencia cuando ya destacabas como cantante, tu voz comenzó a cambiar y con esa figura desgarbada y ausente que nunca te acompañaba todos te miraban con indiferencia, sorna y desdén.

Como humano sensible y amante de la belleza física y del alma, ¡cuánto no habrás sufrido al verte ignorado por quienes más amabas y seguías quiméricamente hasta el sufrimiento, tejiéndote el dulce ensueño de que algún día te pudieran amar!.

Tiene el amor extrañas e infinitas redes que nos aprisionan y tú descubriste pronto, Hans Christian, como esa sirenita tuya que te sobrevive y es prueba del sacrificio sin premio, de la extinción sin fruto de un ser humano en aras de un amor que nos desoye y desorienta a la vez.

Leyendo cualquier historia de las que primorosamente —y con alma de fino artífice bordaste para las letras danesas y universales— cabe inferir esa ternura tuya agazapada en el ostracismo del olvido y en la circunstancia del imposible que siempre presidieron todos tus afanes más caros.

Un abeto ve extinguirse sus ramas en el fuego que le destruye tras consumar el sueño de ser la Navidad; una Reina de las Nieves, olvidada y sola en el reino del más allá, congela el alma de los niños para hacerlos suyos, con tal de que una pizca de amor penetre en su gélido y solitario corazón; una madre llora abrazada ante la lápida de su hijo mientras un ángel se le aparece para contarle que de haber sobrevivido, iba a ser la peor plaga de la existencia; una vendedora de fósforos perece ante el embate de una sociedad que la ignora y asfixia… y así, el soldadito de plomo que arde por el amor de la bailarina de papel y frente a la intriga de otros juguetes, entre tantos y tantos personajes que marcaron el sino de tus letras.

El amor, siempre el amor. Y el fuego como detonante del amor, la pasión, el hechizo por la figura amada hasta el olvido de uno mismo y la entrega ilimitada a ese sentimiento arrollador e indefinible que nos barre el alma de recuerdos y de otras sensaciones que no sean ellas mismas. De todo eso conociste y el desgarramiento de tu alma sensible quedó atrapado en esos cuentos imperecederos.

Te han llamado “El príncipe de los cuentos infantiles” No sé, amigo, si infantiles. Tu literatura no tiene fronteras ni edad. No admite parangones o cortapisas. Epígono de una prédica de la verdad más absoluta, al leerte, alguien como tú, José Martí tiene que haber cambiado su forma de ver el mundo. Él, otro ser abrasado por el furor y la pasión de muchos sentimientos desencontrados, afirmó “Quien lleva luz se queda solo” y por eso mismo debió encontrar en tu obra un caudal enorme de contradicciones y sentimientos dignos de ser tomados en cuenta para su prédica humanista. De hecho, el atreverse a versionar tu cuento “El ruiseñor”, demuestra fehacientemente el hechizo que tu persona produjo en él, contemporáneo tuyo, aunque años más joven y capaz de sacrificar su vida a una causa, como tú…

En tu honor existen premios como el que concede el IBBY y te recuerda cada año en una medalla y está equiparado al Nobel; en tu honor se celebra cada dos de abril tu cumpleaños, llamado Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil y en tu honor aparecen ediciones y ediciones que dan vueltas y revueltas a tu singular e inimitable obra, ten llena de vericuetos, atajos contradictorios y lecturas inquietantes.

Pero solo tú, Hans Christian, podrías decirnos cuál es el premio que más hubieras deseado tener: ¿La posteridad? ¿El éxito? ¿Hermosas ediciones? ¿Viajar por el mundo? ¿Frecuentar tantas cortes y palacios? ¿Ser uno de los autores más publicados? ¿Vale de algo eso? ¿Te dio alegrías? ¿Te dio paz?

Cuando tu ánima se pasea por las calles del Copenhague que te vio crecer como figura literaria y se tropieza con cualquiera de las estatuas que te veneran… ¿en qué piensas, pequeño Hans Christian, Peter Pan siempre incomprendido por los adultos insensibles? ¿Acaso en una nueva historia? ¿O solo piensas en el amor? Esa rara avis que se te escurría entre los dedos y dejaba una insondable sensación de vacío por siempre-jamás…

Me complace imaginarte escuchando las sagas que contabas las abuelas en tu Odense natal y cuando fuiste adolescente, perdiéndote en los misterios de las Mil y una noches árabes, fascinado por esa Sheherezade que amaste tanto al punto de querer ser como ella, un contador de los tiempos modernos. Como la hermosa y amenazada sultana, Hans Christian, debe haberte ido la vida en cuanto escribías…

En las cuatro biografías sobre tu persona que escribiste o en las crónicas de viaje ¿atrapas acaso cada minuto de tu prolífera existencia, tanto en obras como hechos luminosos y oscuros? ¿Cómo aquel personaje de tu cuento, alguna vez te sentiste sombra que ha perdido la esencia de sí, su más cara e íntima razón por darle tu ser a otro?

Hans, eres amado, quizás no por quien más deseaste, pero sí por miles y miles de niños de todas las edades y latitudes. Tus cuentos viajan como sentimientos en las bocas de los contadores y artistas. Tus argumentos inspiran e inspirarán filmes eternamente. Eres amado por quienes como tú encontramos un camino de esperanza y reconciliación con nosotros mismos en la Literatura y a través —o gracias— a ella conjuramos nuestros fantasmas o quimeras…

“Si saliste de un huevo de cisne, poco importa haber nacido en un nido de patos”,escribiste una vez y lo sabes bien, hermoso cisne salvaje. ¿Por qué no entendiste nunca, enamorado impenitente del amor?, que este es también como un cisne y que al decir del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras “Para ser tuyo tendría que morir”. Y que al amor, como al cisne salvaje, hay que “amarlo libre” y hasta “amar el modo en que ignora que tú existes…”
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